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La Pálida: cuando se junta el alcohol con el cannabis

  • cdanielaveliz
  • 17 abr 2018
  • 4 Min. de lectura

Siempre aparece ese generoso amigo que después de que se acaba la botella,  invita un porro en la fiesta. Y uno ahí, todo amable y respetuoso, termina aceptándolo. Ahí pueden pasar una de dos cosas: Todo puede salir bien, disfrutamos de la música, bailamos, damos vueltas en el patio y terminamos admirando las estrellas entre tragos de vodka con 7up y cigarrillos… O todo se va a la mierda y nos desmayamos.


Y ese cambio de cero a cien, puede pasar en menos de diez segundos. En algunos países de Latinoamérica, a este horrible efecto, le denominan “pálida” o “blancazo”. ¿Por qué? Pues, literalmente te pones pálido y en cierto modo –algo espiritual- sientes que eres un fantasma de ti mismo.


teenage booze at a house party


El cuerpo en pálida


Todas las drogas estimulan los neurotransmisores del cerebro, -incluido el alcohol- los excitan o los inhiben. La marihuana los inhibe, activando el sistema parasimpático.


¿Se te olvidó la clase de biología? Tranqui, se trata de esa parte del  sistema nervioso que no controlamos y que regula la energía corporal.


Entre otras cosas, se dilatan los vasos sanguíneos de los ojos, producimos menos saliva y nos da sed, se relajan los músculos, se activan las papilas gustativas y nuestras neuronas comienzan a procesar la información de manera diferente, de allí a que se nos ocurran preguntas como “¿Qué sueñan los ciegos?” en medio de la nota.


Cuando fumamos más de lo que podemos tolerar o combinamos diferentes sustancias, el sistema parasimpático entra en alerta y decide –tal como un interruptor-, desactivarse para regular la energía de los órganos y preservar el cuerpo.


Estar en pálida se siente como si tu alma se saliera del cuerpo. Baja la presión sanguínea, comienzas a sudar frío y a temblar, mientras que tu cabeza da vueltas, de pronto sintiéndote a punto de vomitar, al borde de un colapso completo en el que crees que te vas a morir.


Algunos también sienten ataques de pánico que se traducen en palpitaciones en el pecho y dificultades para respirar, asociados al estado de conmoción psicológica.


¿Te ha pasado?


La fórmula del desastre


Tener una pálida puede pasarle a cualquiera y en cualquier momento. Depende de una cantidad de factores importantes como el descanso, la alimentación, el ambiente y el estado mental en el que nos encontremos al momento de fumar y beber.

Marijuana joint handout demonstration in Denver

Ahora, ¿por qué nos da después y no antes de beber?


Imaginemos el efecto del alcohol en nuestro cuerpo como una línea que asciende lentamente. De esa cerveza que tomaste a las 7:00 pm al llegar, sentirás el efecto un tiempo después, dependiendo de qué tan rápido sea tu metabolismo. Por eso es que nos sentimos más pedos al final de la noche, porque el efecto del alcohol es retardado.


Al contrario de la marihuana, cuya sensación es intensa y rápida. Digamos que, en promedio y dependiendo de la frecuencia de uso, puedes estar high durante una hora y ya, se acaba.


Pues bien, si te fumas un porro antes de empezar a beber, tu cuerpo podrá manejar la reacción normalmente. Si lo haces después de diez cervezas, estará luchando por mantenerse estable mientras que dos tipos de intoxicaciones distintas se mezclan en una intersección que ahora llamaremos “La hora cero”.


La hora cero es ese punto en el que tu cuerpo dice “a la mierda, esto es demasiado” y decide apagarse para protegerte de ti mismo. Y le sigue lo que anteriormente definimos como la pálida.


La hora cero es diferente para cada uno porque depende de la tolerancia.


Si estamos acostumbrados a bebernos diez cervezas y fumar cinco porros durante la noche de cada viernes, nuestro cuerpo se irá acomodando a ese límite, trabajando con el mismo protocolo. Por eso, si lo hacemos muy seguido, sentiremos que la misma cantidad de marihuana y alcohol no nos pega igual. Expandimos esa tolerancia.


Pero, si en vez de diez cervezas nos tomamos 20 y en vez de cinco porros son diez, nos sometemos a una intoxicación que va más allá de lo que podemos soportar. He ahí la simple razón de por qué no podemos fumar después de beber: Porque, probablemente, no podremos soportarlo.


Esa tolerancia que tenemos es relativamente estable durante años. Pero puede ser influenciada por distintos factores, desde una mala noche de sueño  y un fuerte tratamiento antibiótico hasta una situación emocional.


Ritmo y control


Es cierto que esa tolerancia o “aguante” se puede entrenar a través del tiempo. Puede pasar que si una persona abstemia mezcla una cerveza y un porro, entre en pálida. En el otro extremo, están los que se pueden beber el bar, se meten hasta las pastillas de la abuela y amanecen como bebés. Probablemente los segundos han bebido durante gran parte de su vida.


Algunos dicen que depende de la genética o el estilo de vida y probablemente tenga que ver  un poco con las dos cosas. Pero no es un experimento que quieras hacer, porque una pálida, en todo su horroroso esplendor, te puede quitar las ganas de beber para toda la vida.


Así que si vas a mezclar cannabis y alcohol, es mejor que mantengas un ritmo consciente. Si sabes que ese amigo generoso va a sacar el porro en un rato y quieres fumar, ¡deja de tomar!

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No se te va a cortar la embriaguez inmediatamente, pero si le darás un chance a tu cuerpo de metabolizar lo que has tomado y bajar esa línea imaginaria hasta un punto en el que la marihuana no te provoque un mal viaje.


La mejor opción para los que nos gusta mezclar estos dos mundos, es mantener el control y estudiar nuestros patrones, conocernos. Tomar en consideración el estado de nuestro cuerpo y comprender que no somos máquinas, que nuestro tejido orgánico es sensible hasta a la luna, por lo que tenemos que tener moderación.


Así que ya sabes, si vas a hacer algo malo, hazlo bien.


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